Capítulo 1: Fuegos Artificiales en La Push
Había tenido el mismo sueño durante varios días. Era como un ciclo que se repetía una y otra vez sin cesar. Nada cambiaba jamás en él. Todo sucedía exactamente igual cada vez que lo soñaba. Los Ancianos de la Nación Quileute a menudo nos advertían acerca de éste tipo de pesadillas. Decían que los sueños que se repetían no eran verdaderamente sueños. Eran visiones místicas enviadas por nuestros ancestros, los lobos, probablemente para prevenirnos sobre algún peligro futuro.
Sólo los curanderos de la tribu eran capaces de entender el significado de éstas visiones. La demás gente en la reserva mantenía sus visiones en secreto, si es que las tenían del todo. Todos hablábamos de ellas como una cosa del pasado, algo que sólo nuestros antepasados habían experimentado. Nadie hablaba de sus visiones místicas por temor a ser llamado loco.
Me encontraba en un gran aprieto. Si el sueño continuaba repitiéndose, tendría que contárselo a Sam. Sam Uley sería la persona ideal para aconsejar a alguien que no quería consultar con los curanderos. Él sabía todos los secretos místicos de la Nación Quileute.
El único obstáculo era la ferocidad con la que Sam protegía este conocimiento sagrado. No le gustaba comentarlo con nadie, ni siquiera con los miembros de su propia manada.
Sería difícil lograr que Sam confiara en mí lo suficiente como para revelar lo que sabía. Su actitud con respecto a mí había cambiado drásticamente desde el momento en que descubrió que yo me había imprimado de Renesmee. Nuestra amistad había terminado ese día, hace exactamente cinco años.
Ahora se veía obligado a confiar en mí solamente como su compañero de manada, pero probablemente nunca confiaría en mí como en un amigo. Mi única esperanza sería convencerlo de que mi visión podría ser, de hecho, una advertencia.
Como yo era el Alfa de mi manada, sentía una gran responsabilidad de proteger a mi gente. Siempre intentaba estar sobre la jugada cuando se trataba de prevenir un posible ataque. Sólo por esta razón, tendría que tragarme el orgullo y recurrir a Sam para pedirle consejo.
Le encontré saliendo de la casa de Emily justo antes de anochecer. Se sorprendió al verme cuando abrió la puerta y me vio parado junto a su coche.
—Hola, Sam —murmuré apenas sin mirarlo.
Sorprendido de encontrarme, se rascó la cabeza y rió. Estuvo a punto de decir algo, pero rápidamente cambió de opinión y se quedó callado. Fue entonces que Emily salió, curiosa, a ver el porqué de su risa.
—Hola, Emily —la saludé.
—Ey, Jake —contestó mientras le daba un abrazo de despedida a Sam. Luego, cerró la puerta.
Éste avanzó lentamente en mi dirección.
— ¿Sucede algo?
—Tenemos que hablar —traté de hacerlo sonar con mucha seriedad, pero no era necesario.
Sam ya sabía lo que estaba pasando. Parecía como si todo el tiempo hubiera estado esperando que se lo dijera. Me miró por un corto periodo de tiempo, mientras pensaba. Después, me dijo:
—Aquí no, vamos a otro lado —abrió la puerta de su coche y se subió.
Yo me quedé hipnotizado por un momento. El coche de Sam siempre tenía una manera de dejarme fuera de onda. Era una obra maestra. Lo había restaurado él mismo. Lo compró por menos de mil dólares cuando se lo encontró golpeado por todas partes en un lote de chatarra.
Mi padre y yo nos reímos el día que lo trajo a su casa el año pasado. Tuvo que remolcarlo hasta el garaje porque ni siquiera tenía motor. Nadie creía que lo lograría.
Sin embargo ahora era una verdadera belleza. En verdad, Sam había sido el que río el último. Se trataba de un Thunderbird del 62, el cuál había convertido en un deportivo “hot rod” con las modificaciones más avanzadas de la industria. Había restaurado tanto el exterior como el interior y luego lo había pintado de color azul metálico.
Pero lo que envidiaba más que todo era el diseño de un pájaro del trueno que Sam había mandado a pintar con un aerógrafo sobre él capó.
En las leyendas de la Nación Quileute, el pájaro del trueno era un ave mitológica a la que se conocía por proteger a nuestro pueblo en tiempos de dificultad. Sam había dibujado un boceto de la criatura en papel. Era de color turquesa, y sus alas abiertas se extendían a ambos lados. Después había contratado a un artista para que lo reprodujera en pintura de aluminio-glitter sobre el capó. Sé que se veía un poco llamativo, pero quisiera haber sido yo el que pensó en esa idea antes que Sam.
Sam debió de haberse percatado de que yo estaba babeando con su coche, porque supo precisamente qué decir para obtener mi atención.
— ¿Quieres llevarlo a dar una vuelta?
Me quedé boquiabierto mientras mi cuerpo entero se estremecía con anticipación.
— ¿Yo? —esto sí que era nuevo para mí.
— ¿Ves a alguien más por aquí? —me preguntó mientras se deslizaba al asiento del pasajero.
No tuvo que repetírmelo dos veces. En el momento en que me lanzó las llaves, las atrapé en el aire y me subí al asiento del conductor. Apreté la palanca del kutch, aceleré el motor, y el prodigio salió volando. Tal vez, Sam y yo todavía éramos amigos después de todo lo ocurrido.
Para cuando tomamos la carretera 110, el cielo ya había oscurecido. Apenas podía ver el camino en frente mío. Aún a mediados de julio, la carretera con destino a Forks estaba cubierta de neblina.
El peligro me atraía como un imán, me seducía. Sería tal vez porque me hacía contemplar la posibilidad de derrotar la muerte, y eso me ponía eufórico. El apostar mi propia vida era la pasión de mi existencia. Sabía que era contradictorio, pero me sentía más vivo cuando la muerte me acechaba.
No tenía el menor miedo de morir, y el conducir rápido en condiciones peligrosas, era mi manera de demostrarlo. Mientras la playa parecía pasar volando en la oscuridad, aceleré, viendo cómo la aguja del velocímetro ya sobrepasaba las cien millas por hora.
Sam no había dicho ni una sola palabra desde el momento que se había metido al auto. Quise darle la oportunidad a él para que hablara primero, pero sólo se mantuvo allí sentado, escuchando la extraña música de un grupo que había visto tocar en vivo en Port Ángeles. Era una de las mezclas de estilos musicales más raras que había escuchado en mi vida. Metal pesado mezclado con Goth Alternativo y un poco de rap. No era del todo mi estilo, pero conseguía tolerarlo de todos modos.
Pero lo que envidiaba más que todo era el diseño de un pájaro del trueno que Sam había mandado a pintar con un aerógrafo sobre él capó.
En las leyendas de la Nación Quileute, el pájaro del trueno era un ave mitológica a la que se conocía por proteger a nuestro pueblo en tiempos de dificultad. Sam había dibujado un boceto de la criatura en papel. Era de color turquesa, y sus alas abiertas se extendían a ambos lados. Después había contratado a un artista para que lo reprodujera en pintura de aluminio-glitter sobre el capó. Sé que se veía un poco llamativo, pero quisiera haber sido yo el que pensó en esa idea antes que Sam.
Sam debió de haberse percatado de que yo estaba babeando con su coche, porque supo precisamente qué decir para obtener mi atención.
— ¿Quieres llevarlo a dar una vuelta?
Me quedé boquiabierto mientras mi cuerpo entero se estremecía con anticipación.
— ¿Yo? —esto sí que era nuevo para mí.
— ¿Ves a alguien más por aquí? —me preguntó mientras se deslizaba al asiento del pasajero.
No tuvo que repetírmelo dos veces. En el momento en que me lanzó las llaves, las atrapé en el aire y me subí al asiento del conductor. Apreté la palanca del kutch, aceleré el motor, y el prodigio salió volando. Tal vez, Sam y yo todavía éramos amigos después de todo lo ocurrido.
Para cuando tomamos la carretera 110, el cielo ya había oscurecido. Apenas podía ver el camino en frente mío. Aún a mediados de julio, la carretera con destino a Forks estaba cubierta de neblina.
El peligro me atraía como un imán, me seducía. Sería tal vez porque me hacía contemplar la posibilidad de derrotar la muerte, y eso me ponía eufórico. El apostar mi propia vida era la pasión de mi existencia. Sabía que era contradictorio, pero me sentía más vivo cuando la muerte me acechaba.
No tenía el menor miedo de morir, y el conducir rápido en condiciones peligrosas, era mi manera de demostrarlo. Mientras la playa parecía pasar volando en la oscuridad, aceleré, viendo cómo la aguja del velocímetro ya sobrepasaba las cien millas por hora.
Sam no había dicho ni una sola palabra desde el momento que se había metido al auto. Quise darle la oportunidad a él para que hablara primero, pero sólo se mantuvo allí sentado, escuchando la extraña música de un grupo que había visto tocar en vivo en Port Ángeles. Era una de las mezclas de estilos musicales más raras que había escuchado en mi vida. Metal pesado mezclado con Goth Alternativo y un poco de rap. No era del todo mi estilo, pero conseguía tolerarlo de todos modos.
— ¡Sam! —grité finalmente.
Al oírme, apagó el estéreo y se volvió para mirarme. Le dí unos segundos para responderme, pero sólo esperó en silencio a que yo hablara.
—Hay algo que quiero preguntarte —me detuve, estaba a punto de continuar…
… pero Sam me interrumpió.
—Es sobre la chica, ¿no?
Con eso me pilló desprevenido.
— ¿Qué chica? —pregunté.
— La que ha estado apareciendo en tus pesadillas —fue su respuesta.
Cuando me dijo eso, me dí cuenta que estaba en lo correcto. Era lo que había pensado.
—Tú también la has visto, ¿no es cierto? —le pregunté.
El sonrió levemente.
—Tal vez.
Su actitud tan misteriosa me molestó bastante, por lo que, impulsivamente y sin pensar, decidí probar las capacidades mecánicas del auto. Frené rápidamente y de inmediato desaceleré un poco. Luego golpeé el volante apenas un toque y le di ligeramente a la derecha para que la cola del auto diera vuelta. Todo el coche se sacudió cuando las llantas de atrás chirriaron, dejando salir una densa nube de humo blanco mientras se arrastraba sobre la carretera. No ha estado mal para ser mi primer intento, pensé orgulloso.
Sam, sin embargo, no lo tomó tan bien.
— ¿Qué diablos crees que estás haciendo?
— ¿Cómo sabes lo de la chica? —le exigí.
—Detente —me dijo furioso.
Pero yo hice justamente lo contrario. Pisé con fuerza el acelerador.
—Contéstame, Sam —le dije en tono de amenaza—. Necesito saber qué es lo que está pasando.
Odiaba a hacerle esto a él, pero me sentía desesperado. Si nos estrellábamos a esta velocidad, moriríamos instantáneamente.
Estaba tan furioso, tan agitado, que pensé que entraría en fase. Pero no lo hizo. Por el contrario, cerró los ojos y poco a poco calmó su respiración. Recostado sobre el asiento, se concentró profundamente para ponerse en un estado de meditación.
Nunca antes había visto a Sam comportarse así. La forma en que estaba conduciendo habría puesto aún al más tranquilo de los monjes en un estado de pánico total. Evidentemente, mi intento de asustar a Sam para que me dijera lo que sabía me había fallado. Tendría que pensar en una mejor estrategia.
Suspirando con resignación, reduje la velocidad del auto y lo detuve en la acera más cercana a la playa. Sam se mantuvo en su dichoso trance e ignoró el ruido cuando abrí la puerta para salirme.
Sentí la brisa fresca del océano en mi cara mientras paseaba por la arena, mientras mis pensamientos estaban torturándome por dentro. La luna creciente se reflejaba en el agua y, de sus contornos, emanaba un resplandor de plata que brillaba a través de la neblina. Una noche perfecta para ir de caza, me dije para mis adentros. No habíamos tenido mucha acción últimamente, pero tenía el presentimiento de que las cosas no permanecerían tranquilas por mucho tiempo.
Había caminado sólo unos pocos metros cuando de repente escuché la voz de Sam detrás de mí.
—Es una vampira —me dijo.
Un poco sobresaltado, dejé de caminar y me giré para encontrarlo de pie sólo a un par de metros de mí. Sam tenía la estúpida costumbre de ponerse en frente mía cada vez que quería asustarme. Nunca le había funcionado la bromita, pero me molestaba de todos modos.
Dí un salto hacia atrás, y casi pierdo el equilibrio. Pero me recuperé rápidamente, inflamado por el deseo repentino de darle por culo. Me afirmé lanzando mi torso hacia adelante. Luego, comencé a provocarlo, gruñendo bajo en mi garganta, listo para atacar.
Pero Sam ignoró mi reacción con fría indiferencia y continuó.
—Ella no es el tipo de vampiro con el que estamos acostumbrados a lidiar. Es una híbrida: parte vampiro y parte algo más…
Detecté una sutil vacilación en su voz cuando terminó de decirme esto, y fue entonces que me di cuenta que estaba preocupado al igual que yo.
Me sentí avergonzado, tratando de luchar con él mientras estaba a punto de darme la información que necesitaba. Recuperé mi compostura y, una vez más calmado, le pregunté:
— ¿Quieres decir, que ella es como Nessie?
El negó con la cabeza. —Renesmee es mitad humana. La mayoría de los vampiros nacen humanos y luego son cambiados. Pero ésta chica, —hizo una pausa y tragó en seco—, esta chica no es humana del todo. Nunca lo fue.
—Pues entonces, ¿qué es? —pregunté con impaciencia.
—Aún no sé cuál es su otra mitad —respondió Sam con frustración—. Pero tengo todas las intenciones de averiguarlo.
— ¿Cómo?
—Antes que nada, debemos que averiguar lo que quiere de nosotros —anunció con un tono de urgencia en su voz.
Fue un alivio escuchar que también se incluía a sí mismo en el objetivo. Sin duda esto iba a ser mucho más fácil de lo que yo pensaba.
—Bien, ¿pues, entonces, qué hacemos?
Sam no dudó ni un momento al responderme, lo cuál indicaba que ya había estado premeditando su respuesta por un buen tiempo.
—Vamos a consultar con los Espíritus Guerreros.
La consternación casi me deja mudo. El alivio que había sentido antes, ahora se desvanecía tan rápido como había llegado. Sam no podía estar hablando en serio. Me estremecí solo con pensar en ello. ¿Cómo se había atrevido siquiera a considerar tal posibilidad?
Pero, mi desconcierto sólo pareció fortalecer su plan.
—Escúchame, Jake. Hay muchas cosas que los ancianos no te dirán hasta que estés preparado.
No pude evitar reírme en tono de burla, pero pronto volví a adoptar una actitud de seriedad.
—Si estás sugiriendo que hagamos viajes espiritistas, debes de estar delirando, tío. Nunca te dejaré hacerlo. Se lo diré a los ancianos.
—Es la única manera de averiguar lo que la chica está tratando de hacer —prosiguió Sam sin verse afectado por mi resistencia—. Tenemos que subir a las montañas, al igual que lo hicieron nuestros ancestros.
No le dejé seguir hablando.
—Está prohibido —declaré con firmeza.
Nuestros antepasados habían prohibido los viajes espiritistas desde hace muchos años porque habían descubierto que era una práctica muy peligrosa. Para viajar al plano astral, o mundo de los espíritus, la persona debía esconder su cuerpo en un lugar secreto en el bosque y luego dejar que el espíritu viajara fuera del cuerpo.
Taha Aki, el último de los Espíritus Guerreros Quileutes, había abolido ésta práctica después que su cuerpo fue robado mientras su espíritu se encontraba de viaje.
Sam interrumpió mis pensamientos.
—Esta criatura inhumana, este monstruo, se está infiltrando nuestros sueños, Jake. ¿De verdad crees que es una coincidencia que tú y yo estemos teniendo exactamente el mismo sueño a la misma hora todos los días?
Mis defensas se debilitaban cada vez más con su insistencia. No importaba cuán absurda pareciera su lógica, no me quedaba otra opción que admitirlo, aunque sólo ante mí mismo. Sam estaba en lo cierto. Si la híbrida había encontrado el acceso a nuestros sueños, necesitábamos urgentemente saber cómo lo había hecho y, lo más importante de todo, ¿por qué lo estaba haciendo?, ¿para qué lo estaba haciendo?
— ¿Y si es que ella es un espíritu guerrero, también?
—Es, más que nada, una hechicera, creo yo. Invoca espíritus malignos del infierno y manipula su energía —sabía precisamente qué cebo poner para que yo mordiera el anzuelo.
Casi creí en sus palabras, pero aún no estaba completamente convencido.
—Es demasiado arriesgado. Podríamos terminar atrapados en el Mundo de los Espíritus como Taha Aki. —aunque sabía que su decisión era firme, no quise ceder fácilmente—. ¿Y si es una trampa? A lo mejor está tramando una mala jugada para que abandonemos nuestros cuerpos y, así poder robárnoslos.
—Lo estamos haciendo para proteger a nuestra gente, Jake. Además la manada cuidará de nuestros cuerpos mientras estemos ausentes.
— ¡Genial! ¡Estupendo! ¡Ahora quieres involucrar a la manada también! —busqué una salida desesperadamente—. ¿Ya sabe Emily tu plan?
Su semblante cambió de inmediato. Fue entonces cuando comprendí que acababa de darle un golpe bajo. Casi pude notar como comenzaba a maquinar la venganza en su mente, por lo cuál evadí su mirada, preparándome para bloquearlo en caso de que intentara golpearme o lo que fuera que estaba a punto de hacerme, tendría que afrontarlo como un hombre.
Yo sabía muy bien que no debí haber mencionado a Emily, la muchacha con la que Sam se había imprimado. Ella era todo para él, por eso imaginaba que estaría furioso ante mi comentario. Pero una vez más, su nueva autodisciplina me dejó pasmado.
Sam suspiró profundamente y, de nuevo, volvió a usar un tono calmado.
—Pienso hacerlo, Jake: contigo o sin ti. Puedes decírselo a los ancianos si quieres, pero de todas maneras lo voy a hacer. No podrás detenerme.
Desafortunadamente, sabía que hablaba en serio. Ya no pude encontrar motivos para más objeciones.
—Está bien, lo haré —hice una pausa durante un segundo y reconsideré mi respuesta—. Pero tengo que saber qué…
Estaba a punto de bombardearlo con más preguntas cuando un leve movimiento en los arbustos nos forzó a ambos a guardar silencio. Sam y yo reaccionamos con diligencia y nos separamos para seguir el rastro del ruido. Pero, cuando nos acercamos a los arbustos todo parecía estar tranquilo.
Miré a Sam, y él presionó el dedo índice contra sus labios, indicándome que guardara silencio. Mientras los dos nos quedamos inmóviles, tratando de no hacer ruido, yo me percaté de un olor muy extraño. Me di cuenta por la expresión en la cara de Sam que él también lo había detectado, pero no me dijo nada al respecto. Sólo me hizo señas, levantando su palma abierta para pedir silencio.
Ni siquiera tuve tiempo de entender lo que estaba pasando, cuando una explosión repentina de imágenes me invadió la mente, golpeándome con tal intensidad que tuve que buscar una roca cercana para sostenerme.
Sam corrió hacia mí, notando que estaba a punto de perder el conocimiento.
—Detén todos tus pensamientos —me susurró al oído.
— ¿Qué es… lo que… me está… pasando? —logré decir costosamente.
—La vampira te está atacando. Bloquea todos tus pensamientos y estarás a salvo.
Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Podía entender lo que me decía Sam pero, no podía realizar nada más. Mi cuerpo tembló involuntariamente mientras sentía que la playa daba vueltas a mi alrededor. Mi mente parecía un mar tempestuoso de pensamientos y emociones que chocaban el uno contra el otro. Nunca había experimentado tal cosa en mi vida.
— ¡Jake, mírame! —Sam agarró mi cabeza y me abrió los párpados a la fuerza. —No pienses, ¿me oyes? ¡Bloquea todos tus pensamientos!—
Sus palabras se oían ensordecidas. Todo estaba pasando a cámara lenta. Tal como si hubiese estado hablando un lenguaje diferente, no podía entender del todo lo que me decía. Mis oídos zumbaban con el aluvión de preguntas que inundaba mi cabeza. ¿Estaría ella ahí? ¿Nos estaría espiando? ¿Cuánto escuchó de lo que estábamos hablando? ¿Podrá oír nuestros pensamientos?
Estaba haciendo precisamente lo contrario de lo que Sam me había dicho que hiciera. Estaba pensando demasiado y, mientras más pensaba, más vulnerable me volvía al ataque. Estaba perdiendo el control de mis pensamientos y quizás aún también mi libre albedrío.
La voz de Sam parecía haberse desvanecido. Lo único que podía oír ahora eran ruidos y ecos incomprensibles. Me sentía como a la deriva, hundiéndome rápidamente en la inconsciencia. Así ha de ser como se siente la locura… una sensación aplastante de impotencia, muy similar a la asfixia.
— ¡Deja de pensar! —me exigió de nuevo la voz de Sam.
Traté de seguir su consejo, pero miserablemente fracasaba cada vez que lo intentaba. Si hubiera habido un modo de parar mis pensamientos, no supe cómo hacerlo, por eso simplemente dejé de intentarlo. Sin darme cuenta, una sombra oscura me sumergió y caí desvanecido.
La última cosa que vi antes de perder el conocimiento fue una alucinación. Tuvo que serlo, ya que mis ojos estaban cerrados. No estaba despierto, ni estaba dormido, por lo cuál tampoco pudo haber sido un sueño. Tal vez fue una visión, pero lo llamaré una alucinación porque duró menos de un segundo.
La vi. Alcancé a ver durante un espacio de tiempo muy breve, la tenue silueta de mi atacante. Se dejó ver muy poco tiempo, como una aparición, como en el sueño. Era la viva imagen de la muerte, una muchacha joven, aproximadamente de quince años o quizás menos, con la piel color ceniza y el cabello negro brillante.
Alrededor de su cuello colgaba un talismán que reconocí por el sueño. Parecía ser una reliquia antigua y tenía un aro con una piedra transparente en el centro. Era una piedra preciosa de origen desconocido. La piedra era de color marrón rojizo, perfectamente pulida y destellante como el sol. Mis ojos fueron atraídos hacia ella como un imán.
La muchacha desapareció tan rápido como apareció, y de pronto todo se oscureció otra vez.
No estoy seguro cuanto tiempo estuve inconsciente, pero más tarde me llegué a dar cuenta que había pasado por lo menos una hora sin conocimiento. Lo primero que recordé cuando recuperé mis sentidos fueron unos ruidos cualquiera por aquí y por allá.
Luego, justo antes de abrir mis ojos, sentí una presión incómoda que me apretaba alrededor del brazo. Usando mi otra mano traté de arrancármelo pero, conforme lo hacía, sentí un leve golpe que trataba de impedírmelo.
—Suéltalo, Jake —exclamó una voz femenina muy conocida.
Inmediatamente abrí mis ojos para verla y casi no pude creer a quién tenía enfrente de mí. Sentada a mi lado, con una manga de presión arterial en su mano, estaba Leah Clearwater.
— ¡Cuánto tiempo sin verte! —le di un abrazo de oso en cuanto la vi.
La manga se soltó y se deslizó de mi brazo mientras la abrazaba,
Traté de seguir su consejo, pero miserablemente fracasaba cada vez que lo intentaba. Si hubiera habido un modo de parar mis pensamientos, no supe cómo hacerlo, por eso simplemente dejé de intentarlo. Sin darme cuenta, una sombra oscura me sumergió y caí desvanecido.
La última cosa que vi antes de perder el conocimiento fue una alucinación. Tuvo que serlo, ya que mis ojos estaban cerrados. No estaba despierto, ni estaba dormido, por lo cuál tampoco pudo haber sido un sueño. Tal vez fue una visión, pero lo llamaré una alucinación porque duró menos de un segundo.
La vi. Alcancé a ver durante un espacio de tiempo muy breve, la tenue silueta de mi atacante. Se dejó ver muy poco tiempo, como una aparición, como en el sueño. Era la viva imagen de la muerte, una muchacha joven, aproximadamente de quince años o quizás menos, con la piel color ceniza y el cabello negro brillante.
Alrededor de su cuello colgaba un talismán que reconocí por el sueño. Parecía ser una reliquia antigua y tenía un aro con una piedra transparente en el centro. Era una piedra preciosa de origen desconocido. La piedra era de color marrón rojizo, perfectamente pulida y destellante como el sol. Mis ojos fueron atraídos hacia ella como un imán.
La muchacha desapareció tan rápido como apareció, y de pronto todo se oscureció otra vez.
No estoy seguro cuanto tiempo estuve inconsciente, pero más tarde me llegué a dar cuenta que había pasado por lo menos una hora sin conocimiento. Lo primero que recordé cuando recuperé mis sentidos fueron unos ruidos cualquiera por aquí y por allá.
Luego, justo antes de abrir mis ojos, sentí una presión incómoda que me apretaba alrededor del brazo. Usando mi otra mano traté de arrancármelo pero, conforme lo hacía, sentí un leve golpe que trataba de impedírmelo.
—Suéltalo, Jake —exclamó una voz femenina muy conocida.
Inmediatamente abrí mis ojos para verla y casi no pude creer a quién tenía enfrente de mí. Sentada a mi lado, con una manga de presión arterial en su mano, estaba Leah Clearwater.
— ¡Cuánto tiempo sin verte! —le di un abrazo de oso en cuanto la vi.
La manga se soltó y se deslizó de mi brazo mientras la abrazaba, entonces ella protestó y me empujó, fingiendo estar molesta. Pero yo la conocía demasiado bien. Habíamos crecido juntos, y yo podía notar que ella estaba tan emocionada de verme como lo estaba yo.
— ¿Cuándo llegaste? —sonreí extensamente, preguntándome qué hacía yo en la cama de su hermano Seth.
—Anoche —Leah me devolvió la sonrisa mientras volvía a colocar la manga alrededor de mi brazo, bombeando el aire para apretarla de nuevo.
—Estoy bien, Leah —realmente me sentía perfectamente bien, talvez sólo un poco mareado, pero la dejé chequearme, aunque sea para hacerla sentir “importante”.
—Sí, claro, por eso Seth casi tuvo que echarte un cubo de agua fría para despertarte.
—Nah, él nunca haría eso. Sabe muy bien lo que le pasaría si lo hiciera… —le aseguré con un guiño juguetón—. Así que ya has terminado el instituto, ¿o qué? —le pregunté, olvidando que ya lo había terminado desde hace más de un año.
— ¡Jake! —se quejó ella, quitándome la manga del brazo.
Después de graduarse en la secundaria, Leah se había mudado de la casa de su madre para asistir a una escuela de enfermería en Seattle. Recuerdo que, el día que se marchó, le dijo a la manada que quería alejarse de La Push por un tiempo.
Algunas de sus amigas del instituto también se iban a mudar allí, por lo que consiguieron un apartamento de solteras súper lujoso. Leah se moría por extender sus alas para volar del nido, así que se matriculó en la escuela de enfermería, hizo sus maletas y se fue de La Push sin mirar atrás.
—Lo siento, realmente pensé en enviarte un regalo de graduación. De verdad que sí, te lo juro —pero le mentí en vano.
Leah no creyó ni una sola palabra de lo que yo acababa de decir. Entonces me pegó en la cabeza con la manga.
—Nunca conseguiste aprender a mentir bien.
— ¡Ay!
Estuvo a punto de golpearme otra vez pero la esquivé justo a tiempo. Riéndose de mí, se fue a sacar un termómetro de su bolso.
—Todavía me falta tomarte la temperatura. Abre la boca y di “ah”.
—Pero, espera —recordé de repente. —¿Cómo he llegado hasta aquí?
Tuve que preguntárselo aunque realmente dudaba que Sam hubiera tenido la desfachatez de presentarse en ésta casa. Habían pasado ya muchos años desde que él había abandonado a Leah, pero era muy probable que los dos todavía se sentían incómodos al encontrarse, aún después de tanto tiempo.
—Embry le ayudó a Sam a cargar contigo —me explicó Leah.
— ¿Embry estuvo aquí también?
Ella asintió y me dio la espalda cuando mencioné el nombre de Embry, pero aún así alcancé a notar el gemido tímido que trataba de ocultar.
Yo siempre había sospechado que a Embry le gustaba Leah, pero nunca le había querido preguntar para no avergonzarlo. Sin embargo, ahora que ella estaba de regreso me preguntaba si quizá él finalmente se había armado de valor para invitarla a salir. Después de todo, ninguno de los dos se había imprimado de nadie hasta el momento.
Leah levantó una ceja y encogió sus ojos sospechosamente.
— ¿Qué es lo que ha sucedido?
Hice una pausa, tratando de recordar. Y fue entonces que todo lo que había pasado regresó a mi mente de golpe. La sanguijuela me había atacado en la playa. Salté de la cama como un resorte al acordarme que Sam me debía una explicación. Agitadamente busqué mi móvil en todos mis bolsillos, pero no pude encontrarlo por ningún lado.
—Toma —me dijo Leah, entregándome el teléfono. —Se cayó de tu bolsillo cuando te trajeron.
—Gracias.
Lo cogí y me percaté de que estaba apagado, entonces lo volví a encender con las manos temblando de ansiedad. Así fue como descubrí que había transcurrido por lo menos una hora desde que me había desmayado en la playa.
— ¿Qué pasa, Jake? —preguntó Leah con un tono de duda en su voz.
Estaba a punto de responderle cuando de pronto vi el mensaje de alerta en la pantalla del móvil. Había tres llamadas perdidas, todas de Bella. Además de ser una gran amiga de la infancia, Bella también era la madre de Renesmee, la chica con la que yo estaba imprimado. Es por eso que Bella sería mi futura suegra . . . si es que yo jugaba mis cartas correctamente.
—Bella ha estado tratando de llamarme. Lo siento, Leah, pero tengo que…
—Adelante, pues, ve a llamarla —me interrumpió a media frase. —Pero, en cuanto termines, tú y yo vamos a hablar seriamente.
Yo asentí con la cabeza y me encogí de hombros sin saber qué contestar.
Pero Leah no era el tipo de persona que olvidaba las cosas tan fácilmente.
— ¿Jacob Black, me estás ocultando algo? —me dijo mirándome fijamente a los ojos y se paró enfrente de mí mientras una media sonrisa se formaba en sus labios.
Eché un breve vistazo a mi móvil y asentí con la cabeza para seguirle la corriente, sólo que ésta vez ya iba caminando hacia la puerta con la esperanza de que ella entendiera la urgencia de la situación.
—Te estaré esperando aquí —la firme determinación en su rostro indicaba que me iba a forzar a cumplir su promesa. No me quedaba otra opción que prepararme para su interrogatorio.
Saliendo de la casa, decidí llamar a Sam primero con la esperanza de encontrar una salida a esta difícil situación.
¡Estupendo! No contestaba. Se fue directo al buzón de llamadas, por lo que llegué a la conclusión que quizás estaría en la otra línea, o lo tendría apagado. Estaba tan furioso con él que iba a colgar sin dejarle mensaje. Pero entonces cambié de opinión.
—Sam —susurré entre dientes. —Llámame tan pronto como escuches este mensaje. Adiós—. Traté de ser breve, pues me imaginé que él sabía a lo que me refería.
¡Decididamente, aquello era estupendo! Aquí me encontraba en la casa de Sue Clearwater, sólo y a merced de Leah. Ni siquiera Seth estaba en casa. Quizás se encontraba con Sam y Embry. Todos en la reserva sabíamos que Leah era una fiera cuando se enfadaba.
Sin embargo, conociendo a Sam, yo estaba seguro que había hecho esto con un propósito. Sólo deseaba que me lo hubiera dejado saber antes de llevarme allí. Sin duda no era porque Leah era enfermera. No, eso no podía ser. Seguro que había algo más.
Suspiré mientras marcaba el número de Bella. Ya eran pasadas las once de la noche.
Sólo esperaba que Edward no se molestara por llamar a su esposa tan tarde. Lo bueno era que, siendo ellos vampiros, no tenían que dormir para nada.
— ¿Hola? —la voz de Bella se escuchaba tensa. Algo estaba pasando.
— ¡Ey, Bella! Perdona que no te pudiera llamar antes. ¿Sucede algo?
—Jake, necesito hablar contigo.
¡Genial! Otra chica más que quería hablar conmigo, aunque no precisamente por mi aspecto encantador.
—Dime —le respondí.
—No, ahora no. Mañana, cuando lleguemos —murmuró ella.
Me pareció extraño que hablara en voz baja cuando vivía en una casa llena de vampiros psíquicos y con oídos extremadamente desarrollados.
—Bella, no quiero ser grosero contigo, pero he tenido una noche muy larga y estoy agotado. Por favor dime que todo está bien si no quieres que tome el próximo ferry a Canadá.
Riéndose entre dientes, Bella me dijo,—Estamos bien. Saldremos mañana por la mañana y estaremos llegando allí por la tarde.
Bella y Edward se habían mudado con el resto de la familia Cullen a Victoria, una ciudad en la Isla de Vancouver, después que Carlisle hubiera recibido un puesto de trabajo de un hospital de allí. Victoria quedaba a unas cuatro horas de La Push. Obviamente era un viaje bastante largo, pero, cuando se trataba de ver a Nessie, no había distancia capaz de detenerme.
Antes que nada, me preocupaba el bienestar tanto de ella como el de su familia.
— ¿Estás segura que no se trata de algo urgente? —le pregunté a Bella una vez más.
—Jake, por favor deja de preocuparte—. Bella decía esto a pesar de saber muy bien que yo no iba a poder quedarme tranquilo. Pero aun así me dejó con la duda.
Toda la familia Cullen iba a venir mañana a La Push para celebrar el quinto cumpleaños de Nessie junto con nosotros. En realidad Nessie había nacido en setiembre, pero le encantaba celebrar la fiesta que los Quileutes hacíamos en la playa cada mes de julio. Los fuegos artificiales eran sus favoritos. Era por eso que en los últimos años se había convertido en una tradición el celebrar su cumpleaños en julio en vez de setiembre.
— ¿Se encuentra bien Nessie? —pregunté, ésta vez ya sin poder esconder más la ansiedad en mi voz.
Bella se rió de nuevo. —Jake, yo soy su madre. Deja que sea yo la que se preocupe por ella, ¿de acuerdo? —después de decir eso, el tono de su voz cambió repentinamente. —Mañana hablamos. Tengo que irme.
Justo entonces colgó el teléfono sin darme tiempo a decir nada más.
Ahora sí que estaba oficialmente preocupado por la forma en que Bella me habló antes de colgar. Me pareció que estaba tratando de esconder su conversación de alguien. ¿Pero de quien? No creo que fuera de Edward. Tenía que ser de alguien más.
Por la forma en que iban las cosas, sabía que no iba a dormir bien esa noche. Entonces se me ocurrió invitar a Leah a tomar un café para resolver éste asunto. Iba a coger al toro por los cuernos de una vez por todas. Al fin y al cabo, el tener que enfrentar éste tipo de situaciones ya se había vuelto una costumbre para mí.
Tomar un café habría sido agradable, especialmente ahora que me sentía tan exhausto y no quería andar caminando medio dormido como un zombie. Pero no tuve tal suerte. Leah siempre tenía que hacer las cosas precisamente en el momento más inoportuno. No era nada sorprendente, considerando que ella era la primera mujer loba en la historia de los Quileutes.
En lugar de sentarse a tener una conversación normal en un café como yo le sugerí, insistió en que manejáramos hasta la selva tropical para dar una caminata de medianoche.
—Hay algo aquí que quiero mostrarte —explicó mientras me guiaba hasta un sendero empinado.
—Déjame adivinar —le dije en tono de burla. —No has entrado en fase por mucho tiempo y te estás muriendo por hacerlo de nuevo.
En un instante, su expresión de indiferencia se transformó en un pánico total. Negando con la cabeza frenéticamente se detuvo de pronto. —Nadie va a entrar en fase ésta noche, Jake.
Esta última reacción suya sí que me dejó pasmado. — ¿Cómo que no? ¿A qué te refieres con eso? Había pensado que ibas a retarme a competir contra ti en una carrera.
Ella me miró fijamente. —Estoy hablando en serio.
— ¡Yo también hablo en serio! —le aseguré con frustración. —¿Cuándo fue la última vez que entraste en fase?
—Esa no es la razón por la que te he traído aquí —sin darme tiempo para contestarle, Leah continuó subiendo por el sendero.
Gruñí lleno de furia y la seguí a regañadientes. —Estás haciendo un lío de la nada, Leah. Fue un simple desmayo, seguramente por agotamiento, pero ya me siento bien, de verdad.
Pero ni aún yo mismo podía convencerme de lo que acababa de decir. Cuanto más intentaba quitarle importancia al incidente, más se molestaba Leah conmigo.
Continuamos avanzando hacia las profundidades más recónditas de la selva tropical, desviándonos del sendero hasta que llegamos a una zona cubierta de árboles musgosos. Leah guardó silencio todo el tiempo, su ceño fruncido como si estuviera pensando en algo.
Después de haber dejado el sendero casi dos millas atrás, Leah finalmente dejó caer la bomba sobre mí.
—Jake, —comenzó en un tono solemne. —Deberías de estar feliz por estar vivo. Y más vale que no digas que estoy exagerando.
Su comentario me agarró desprevenido. —¿De qué estás hablando?
—Has sobrevivido a un ataque psíquico.
Aún desconcertado por su comentario, le pregunté:— ¿Quieres decir que Sam… te lo ha dicho todo?
—No todo, pero estoy suficientemente familiarizada con los síntomas de los ataques psíquicos —dijo tratando de sonar segura de lo que decía. Ahora era ella quien se encontraba en la silla de interrogación.
—Entonces, ¿eso fue lo que me hizo perder el conocimiento? ¿Un ataque “psíquico”?
—Si —replicó ella. —La híbrida usó tus propios pensamientos para atacarte.
Suspiré con frustración. — ¿Y eso qué tiene que ver con entrar en fase?
Una risa sarcástica escapó de sus labios. — ¿No te parece obvio, Jake? ¿Qué crees que habría sucedido si nos hubiera atacado mientras todos estábamos convertidos en lobos?
Por supuesto, Leah tenía razón. El ataque nos habría incapacitado a todos a la misma vez. Por fin las cosas estaban empezando a tener sentido. La chupasangre quería eliminar a la manada completa. Es por eso que había infiltrado las mentes de los Alfas.
—Bien, pues ahora sí entiendo —declaré. —No entraremos en fase por un tiempo.
—Bien… —dijo Leah en un tono de alivio.
Sin embargo, yo aún no estaba satisfecho. Me daba la impresión de que Leah todavía ocultaba algo más. Entonces me las ingenié para arrinconarla y así forzarla a hablar. —Pero, ¿por qué hemos venido hasta aquí?
Leah miró su reloj y estaba a punto de abrir su boca para contestarme, cuando de repente una voz masculina habló a una poca distancia de donde estábamos.
—Porque yo se lo pedí.
Reconociendo la voz de Sam, me volví para asegurarme que no estaba imaginando cosas. A unos pocos metros de nosotros, Sam, Embry y Seth salieron de detrás de los árboles. Cada uno de ellos llevaba en su mano una antorcha encendida.
— ¿Qué hacéis vosotros aquí? —no estaba seguro si debía estar enojado o agradecido por el encuentro que habían planeado sin mi consentimiento.
—Hay alguien a quién tienes que conocer —anunció Sam. Luego se volteó a mirar a Leah y dijo:— Enséñanos el camino.
Encendiendo dos antorchas más, nos dio una a Leah y otra a mí. Después nos hizo señas a todos para que siguiéramos la siguiéramos.
—Espera un momento, Sam —le dije sin dar ni un solo paso. —¿A dónde vamos?— Si querían que los siguiera, primero tendrían que decirme de qué se trataba el asunto. — ¿Y para qué son las antorchas? —agregué.
Sam miró su reloj de pulsera, impaciente. —No tenemos mucho tiempo. ¿No podríamos hablar por el camino?
—Venga, vámonos —exigió Leah—. Aún nos queda un buen trecho por recorrer.”
—No pienso moverme de aquí hasta que no me digáis dónde vamos —insistí una vez más.
—A la casa del Ermitaño de la venda —contestó Seth, dándome un empujón para que me uniera al grupo. —Vamos Jake, te lo contaremos todo mientras llegamos.
Oyendo esto, me decidí a seguirlos, aunque todavía no estaba muy convencido. —¿Quién es?
Leah parecía ser la mejor informada del grupo. —Es un monje de España. Huyó de Europa hace cientos de años para escapar de una sentencia de muerte.
— ¿Cientos de años? —pregunté mientras dejaba escapar un profundo suspiro. —Por favor, dime que no es un chupasangres.
—No, es un alquimista —explicó Seth. —Leah y yo solíamos venir aquí a espiarlo cuando éramos pequeños.
Notando que Embry estaba demasiado tranquilo, traté de averiguar si él estaba involucrado en esto al igual que los demás. —¿Tú también conoces al monje?
El negó con la cabeza y aceleró su paso para alcanzar a Leah. —Solo sé lo que Leah me ha dicho.
Leah le sonrío levemente. —Embry estuvo aquí con nosotros una vez, pero el ermitaño no estaba en casa.
Ya no podía más con la curiosidad. —¿Y porqué es tan urgente que vayamos allí?
—El monje hizo una venda mágica para protegerse contra los ataques psíquicos —contestó Sam.
— ¡Oh, ya lo pillo! —exclamé tratando de disimular la risa burlona que se me escapó sin querer. —Entonces él nos la va a entregar así sin más. Sólo tenemos que pedírselo amablemente, ¿verdad?
Mi comentario debió de haber ofendido a Sam, porque buscó la primera oportunidad para desquitarse conmigo.
—Mira, Jacob. Por tu culpa, estamos metidos en este lío —dijo él. —Tú eres el responsable de todo esto, así que tendrás que averiguarlo tú mismo.
—Sí, claro. ¡Yo tengo la culpa! —esta vez ni siquiera me preocupé por esconder el sarcasmo. —Y dime, ¿cómo es que de pronto soy el responsable de todo?
—Tú siempre has sido el único responsable —interfirió Embry.
Tan fiel amigo como siempre, Seth protestó apretando los dientes, — ¡Embry! —y le dió un fuerte codazo en las costillas.
Leah inmediatamente agarró el codo de su hermano y, en un brusco movimiento, lo arrastró hacia ella. —Tú no te metas, Seth.
Sam se quedó viendo a Embry y a Seth con gran furia. Luego se giró hacia mí para reprochármelo.
—Vamos, acéptalo de una vez por todas, tío. ¡Tú eres el vínculo entre los vampiros y los lobos! —haciendo una pausa, dejó que los músculos de su cara se relajaran y después puso su mano sobre mi hombro, como si me estuviera dando un pésame. —Jake, tú eres el blanco del ataque.
Bruscamente, quité su mano de mi hombro y le contesté a la defensiva. —No trates de involucrar a los Cullen en esto. Ellos no tienen nada que ver con lo que está sucediendo.
Seth estuvo a punto de hablar, pero Leah se le adelantó. —Sam, aún no estamos seguros de eso.
—Tú fuiste la que me contó que Bella le había llamado—le dijo a Leah en un tono de protesta.
Mordiendo el anzuelo que Sam me puso, arremetí contra Leah. — ¿Me estabas escuchando a escondidas?
—No, Jake —confesó Leah sacudiendo la cabeza nerviosamente—. Sólo le dije que te había llamado, eso es todo.
Pero yo no estaba interesado en escuchar sus excusas. Me sentía traicionado. — ¿Y porqué hiciste eso?
Embry se situó enfrente de Leah en gesto de protección. —Eh, deja de gritarle, Jake. Ella sólo trataba de ayudarte.
Entonces, Sam levantó su voz y gritó: — ¡Basta! ¡Callaos todos! —En cuanto se aseguró de que todos habíamos obedecido, continuó hablando. —Le estamos dando el gusto a la chupasangre. ¿Es que acaso no os dais cuenta? Apuesto a que le encantaría escuchar que estamos peleando entre nosotros. ¡Tenemos que permanecer unidos!
Sintiéndome derrotado, bajé la cabeza y, agobiado por la vergüenza, guardé silencio. Tal vez Sam tenía razón sobre la llamada de Bella. Quizás los Cullen estaban conectados a éste enigma de alguna manera.
Dándome un abrazo, Leah me alentó en un tono suave para que la siguiera. —Por favor, confía en mí, Jake. Necesitamos esa venda para proteger a la manada.
Mi corazón me decía que Leah era sincera, así que decidí confiar en ella y seguir adelante con el plan. —Muy bien, entonces sigamos. Sólo dime una cosa más.
—Pregúntame mientras seguimos andando —me respondió ella mientras caminaba rápidamente. —Tenemos que seguir adelante, no tenemos mucho tiempo.
Me apresuré para alcanzarla. — ¿Cómo piensas que voy a ver con una venda en mis ojos?
—No se trata de una venda como las demás, Jacob —afirmó Leah enfáticamente. —El ermitaño es ciego, pero cuando se pone la venda, puede ver todo aún mejor que si tuviera ojos.
—Dicen que abre los ojos del alma y te permite ver cosas que el ojo humano no puede percibir —añadió Sam a la explicación de Leah, para que yo lo entendiera mejor.
Asintiendo con la cabeza, Leah continúo. —Esa es la forma en que te protege contra los ataques psíquicos. Te permite prevenirlos antes que sea demasiado tarde.
Por más exagerada que sonara su historia, parecía ser nuestra única esperanza para defendernos de los ataques de la híbrida. Y por esa razón, decidí que valía la pena intentarlo. No había nada que yo quisiera más en ese momento que acabar con la chupasangres de una vez por todas.
Un manto de neblina descendía sobre el bosque cuando nos acercábamos a la casa del ermitaño. El lugar ni siquiera era una casa como me había imaginado. Era lo poco que quedaba de un antiguo edificio de piedra, abandonado, gris y en ruinas, con una gruesa capa de musgo cubriendo las semidestruidas paredes
Leah y Seth tenían razón. El ermitaño realmente era un alquimista. Su laboratorio, si es que se le podía llamar así, estaba en plena vista, parcialmente oculto por una pared quebrada. Sobre una mesa de madera se podía ver una gran cantidad de botellas de diferentes formas y colores, todas cubiertas de polvo. Sería interesante saber cuál de ellas contenía la poción milagrosa que lo había mantenido con vida por cientos de años.
Sam comprobó las antorchas de todos para asegurarse de que estuvieran encendidas. Luego empezó a explicar su estrategia sobre cómo debíamos rodear el lugar:
—Embry, tú cubrirás el lado Este de las ruinas. Seth, tú tomarás el lado Oeste, Leah vigilará el norte, y yo cubriré la puerta del frente.
Seth y Embry tomaron sus posiciones, pero Leah no se movió, sino que se quedó junto a mí para darme una advertencia. —Hagas lo que hagas, mantén la antorcha encendida en todo momento. Mientras haya fuego cerca de ti, él no podrá verte.
Yo asentí con impaciencia. —Entendido, lo tendré presente —sin pensarlo dos veces, inhalé profundamente y corrí hacia las ruinas.
Conforme me acercaba a lo que quedaba de la puerta de la entrada, sentí escalofríos por toda la espalda. No tengo miedo, pensé para mis adentros. Él es sólo un frágil anciano. Sólo un frágil anciano. Seguí repitiendo ésta frase en mi cabeza todo el rato hasta que dí con el lugar donde él dormía.
En cuanto lo vi, sentí un gran peso de culpabilidad. Debía ser muy miserable aquél pobre hombre, viviendo sólo en ese bosque tan frío y húmedo, y sin tener a nadie con quién poder hablar. No podía imaginarme qué crimen tan terrible pudo haber cometido para merecer la pena de muerte. Parecía tan inofensivo, allí acostado sobre el suelo destartalado, vestido con un traje encapuchado en andrajos. No entendía cómo alguien querría seguir viviendo aquella vida en los próximos siglos.
Me quedé inmóvil, mirándolo fijamente y sintiéndome tentado a irme sin quitarle la venda. Después de todo, ¿quién era yo para privar a ese infeliz de su única defensa? Tenía que haber otra salida.
Sam había sugerido la posibilidad de viajar en espíritu. Esa alternativa me parecía mucho mejor. Claro que era arriesgado, pero era preferible eso antes que robarle su venda a un ermitaño indefenso, alquimista o no.
Ya me había decidido a regresar con las manos vacías, cuando de pronto una ráfaga de viento sopló violentamente hacia donde me encontraba y casi apaga mi antorcha por completo. En mi intento desesperado de mantener la llama ardiendo, le dí la espalda al viento, pero no pude ver el tubo metálico del piso detrás de mí.
Justo en el momento que iba volteándome para evadir el viento, me tropecé accidentalmente en el tubo y me fui de espaldas al suelo. Al caerme, hice un ruido tan estridente, que hizo despertar al ermitaño.
Con toda la conmoción, no noté que, al momento de caerme, un montón de hojas secas habían hecho contacto con la antorcha.
En cuestión de segundos, las llamas de fuego se extendieron por todas las ruinas. El ermitaño empezó a gritar de terror, sacudiendo sus brazos salvajemente en el aire. Era evidente que no podía ver, pero yo estaba seguro de que al menos sí podía sentir el calor y oler el humo.
— ¡Jake, la venda! —gritó Leah desde fuera.
Actuando impulsivamente, le arranqué la venda de los ojos al ermitaño, y lo que encontré me dio tal susto que me estremeció por dentro.
No encontrba palabras capaces de describir lo que mis ojos acababan de presenciar al mirar aquella cara. El área por debajo de su frente y alrededor de sus ojos estaba completamente desfigurada por horrendas cicatrices. Parecían como ramas de árboles enredadas entre sí. Apenas podía ver lo que quedaba de sus ojos a través del tejido de sus cicatrices. No tenía pupilas, sólo una capa gris que cubría la parte delantera de sus ojos.
Era una vista horrenda para contemplar, y sin embargo no podía dejar de verlo. Cuando me di cuenta, Sam y los muchachos ya me habían arrastrado lejos del fuego. Mientras nos alejábamos, yo todavía podía escuchar al ermitaño gritar todo lo que podía.
Sólo habíamos atravesado unos pocos metros, cuando de pronto los obligué a detenerse.
— ¿Qué estás haciendo? —exigió saber Sam.
— ¡No podemos dejarlo ahí para que se queme! —les dije sin esperar a que me respondieran.
Dándome la vuelta, corrí de regreso a las ruinas y encontré al ermitaño. Justo en el momento que llegué, él estaba a punto de desmayarse por haber inhalado tanto humo. Sin pensarlo más, lo arrojé sobre mi hombro y lo llevé a un lugar seguro.
— ¡Mis libros, por favor salva mis libros! —suplicó él con un fuerte acento español.
En cuanto lo dejé en el suelo, Seth y Leah se sentaron al lado de él. Mientras que Leah comprobaba su pulso, Seth le ofreció un poco de agua de una botella para que dejara de toser.
—Todo irá bien, Jake, no te preocupes —aseguró Leah cuando leyó mi expresión.
Pero Sam no estaba conforme. —Tenemos que irnos de aquí.
Frunciendo el ceño con incredulidad, volví la mirada una vez más a las ruinas para tratar de apagar el fuego. Por suerte, el ermitaño tenía tanta chatarra tirada por todo lado, que no tuve que buscar por mucho tiempo. En cuanto encontré una manta, la usé para sofocar las llamas.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba sólo. Sam y Embry habían decidido ayudarme después de todo. Juntos, pudimos apagar el fuego en un abrir y cerrar de ojos, y también pudimos rescatar la mayoría de los libros del ermitaño.
Cuando salíamos de las ruinas, el sol ya comenzaba a asomarse. Sentí un gran alivio cuando vi a Leah y a Seth charlando con el ermitaño como que si fuera un viejo amigo. Sin duda, habíamos encontrado un aliado. Y no era cualquier aliado. Un alquimista.
Mi alegría creció aún más cuando Leah anunció que el ermitaño había aceptado su invitación para ir a la fiesta de Nessie. Fue entonces que recordé que todavía tenía su venda. Me arrodillé enfrente de él y le vendé los ojos. Tan pronto como vi una risa iluminando su cara, supe que él podía verme.
Le devolví la sonrisa, pero al instante recordé lo que acababa de hacer y me sentí muy mal.
—Por favor perdóneme —le supliqué—. Yo sólo estaba tratando de ayudar a mi gente.
—Tu amiga Leah me lo ha explicado todo. Tu arrepentimiento te ha perdonado.
Me incliné en agradecimiento y tomé su mano para ayudarlo a ponerse de pie.
—Bien, muchachos —intervino Leah—. Tenemos que hacer preparativos para la fiesta. Los Cullen llegarán esta tarde a la Push. Debemos tener listos los fuegos artificiales.